Espiritualidad

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El asombro de un encuentro

on 1 de junio de 2021

Sumario

  • A menudo sucede que eso que nos parecía que iba tan bien nos estaba conduciendo por derroteros que nos estaban alejando irremediablemente de nuestro ser más genuino.

  • Permanecer en el fracaso de manera pacífica tratando de abrir bien los ojos para descubrir todo lo que puede enseñarnos, puede ser un buen modo para comenzar a intuir los beneficios de eso que hemos percibido en un primer momento como el más rotundo descalabro.

  • La voz del corazón nos indica la dirección a seguir para que vayamos adentrándonos en el descubrimiento de la persona que realmente somos, para que nos encontremos con nosotros mismos.

  • El progresivo ensanchamiento de la propia conciencia que procura el ejercicio de la atención es una tarea que abarca toda la vida y que nos permite tomar la distancia saludable de lo que nos envuelve amenazando con engullirnos.

Sabemos que tomar conciencia de algo exige una cierta distancia que nos permita contemplar la realidad con un poco de perspectiva. Esta toma de conciencia tiene dos requisitos previos: una clara intención de hacernos conscientes unida a la decisión de parar por un momento, de sentarnos para poder ver con algo más de claridad.

Esa nitidez que adelgaza la gruesa piel desarrollada para sobrevivir en el día a día, viene de la mano de una disminución consciente de la velocidad con la que vivimos. Y la “frenada” es facilitada a menudo por la sensación de malestar que nos genera el ritmo frenético de la vida con su cortejo de sensaciones que van desde el aturdimiento hasta el miedo -ese motor oculto y potente que impulsa muchos de nuestros comportamientos o reacciones- pasando por la percepción difusa de andar perdidos, hambrientos o sedientos.

Sí, solamente si ralentizamos el ritmo acelerado que nos arrastra podemos disponernos a la escucha que puede descubrirnos allá, en las profundidades de nosotros mismos, un “alguien” que vive despierto y sin miedo; que sabe muy bien lo que quiere; que lejos de estar cansado se percibe lleno de energía y que conoce el “lugar” en el que calmar el hambre y la sed que siente.

Un encuentro en las profundidades del ser

No resulta extraño que el encuentro con ese “alguien” interior se dé como consecuencia de un contratiempo. A menudo, lo que catalogamos como fracasos son las causas de los éxitos más clamorosos, aquellos que nos procuran el acercamiento a la persona que verdaderamente somos y que, quizá con demasiada frecuencia, permanece discretamente oculta para la inmensa mayoría de nosotros.

Bajar el ritmo y los decibelios en los que habitualmente vivimos envueltos no siempre son opciones deliberadamente libres sino el resultado de unas circunstancias que nos obligan a parar y a hacer silencio; unas circunstancias que no hemos buscado sino que se nos imponen de un modo u otro. Aquí radica el éxito del fracaso: lo que nos fuerza a detenernos y nos obliga, aunque sea momentáneamente, a no hacer nada, es nuestro mejor aliado para el descubrimiento de lo que verdaderamente importa. Porque solo aminorando la marcha podemos disponernos para la escucha que nos ofrecerá las pautas para cambiar la orientación de nuestra vida y las claves para hacer las elecciones adecuadas. Y es que a menudo sucede que eso que nos parecía que iba tan bien nos estaba conduciendo por derroteros que nos estaban alejando irremediablemente de nuestro ser más genuino.

¿Cómo opera este cambio de signo en la percepción de lo que acontece en nuestra vida? ¿De qué manera lo que nos parecía ser algo tremendamente negativo adquiere para nosotros un valor positivo?

La atención como herramienta de la búsqueda de sentido

La transformación del signo de lo que se percibía como un fracaso se opera de manera lenta, paulatina, y no siempre se manifiesta de modo evidente. Permanecer en el fracaso de manera pacífica tratando de abrir bien los ojos para descubrir todo lo que puede enseñarnos, puede ser un buen modo para comenzar a intuir los beneficios de eso que hemos percibido en un primer momento como el más rotundo descalabro. El “lugar” del que procede esa valiosa información que nos facilita el conocimiento intuitivo está, paradójicamente, cerca y lejos a la vez: la fuente de la que brota se halla en lo más profundo de nosotros mismos pero para alcanzar esas profundidades hemos de emprender un viaje hacia el interior que exige dedicación y trabajo por nuestra parte.

Dicho viaje comienza precisamente, en la gran mayoría de las ocasiones, en lo que hemos dado en llamar fracaso. Y este inicio consiste en algo tan simple y, a la vez, tan difícil como permanecer en esa situación dispuestos a aprender lo que ha venido a enseñarnos en lugar de salir huyendo. Si elegimos aguardar en actitud de silencio y escucha, comenzaremos a experimentar un hallazgo que es encuentro con un “alguien” interior y desconocido para nosotros al que la actividad frenética y el ruido nos impedían acceder.

Puede que, en un primer momento, el encuentro con ese “alguien” nos lleve a exasperarnos o incomodarnos: sus sugerencias o demandas pueden parecernos absurdas o fuera de lugar. Por eso es necesario estar alerta para identificar el malestar, y aceptarlo. Sólo así nos dispondremos a descubrir lo que ha venido a traernos.

A poco que reflexionemos sobre experiencias previas, descubriremos que la natural reacción a lo que juzgamos absurdo o inconveniente es rechazar de plano eso que percibimos como tal. En efecto, solemos considerar que un modo válido de liberarnos de lo que registramos como un sinsentido molesto en el mejor de los casos, consiste en decir un “no” rotundo a eso que juzgamos ocurrencias inoportunas. Entramos así en lucha con eso que nos incomoda sin percatarnos de que esa actitud bélica y, por ello, violenta, hace más fuerte aún, más resistente, eso que pretendemos eliminar. La vida nos enseña que enfrentándonos a algo lo alimentamos y le damos poder sobre nosotros. Y repite esta lección una y otra vez hasta que conseguimos aprenderla.

Mientras la superficie permanece agitada por la resistencia, muchas veces inconsciente,  que oponemos a lo que emerge del interior, en lo más profundo de nosotros mismos, una voz sutil nos anima a secundar eso que se nos pide y que nuestra mente trata de boicotear: es la voz del corazón que sabe cuál es la dirección a seguir para que vayamos adentrándonos en el descubrimiento de la persona que realmente somos, para que nos encontremos con nosotros mismos. Esta voz amiga no deja de pronunciar sus oráculos, expresión de la auténtica sabiduría, de la verdad que nos libera, nos sostiene y nos protege para que podamos seguir creciendo. Sus avisos son constantes; no se cansa de pronunciarlos, pero no los impone. Basta con silenciarnos y disponernos a la escucha para que su eco llegue a nosotros.

Independientemente de los juicios de valor, bien razonados y fundamentados, que surgen en los primeros compases de un encuentro aún incipiente -y, por eso, susceptible de ser abortado- con el “quién” que somos, esta situación se revela como una oportunidad inmejorable para ejercitar nuestra atención. Y esta atención es, sin duda, la llave que nos permitirá adentrarnos en el sentido profundo de lo que acontece en nuestro interior y en el entorno en el que vivimos; en ese sentido último que nuestro corazón anhela y busca.

Con demasiada frecuencia prestamos atención únicamente a lo de fuera o atendemos, de manera exclusiva, a las demandas que proceden del exterior. Reaccionamos de manera automática a los estímulos sin dejar margen a la libertad de elección del modo concreto en el que deseamos responder a esos requerimientos. El resultado es la sensación de vernos arrastrados por la vida como si de un torrente incontenible se tratara. ¿Por qué no atender también a lo de dentro? ¿Por qué no dirigir nuestra atención a los movimientos que se dan en el interior? Quizá, si comenzamos a hacerlo, descubriremos en ellos claves valiosas de interpretación de lo que sucede fuera que nos revelarán el sentido de cuya mano vendrá el progresivo conocimiento del yo esencial.

La vida entendida como juego creativo

Todo esto nos lleva a plantearnos la oportunidad -diría, incluso, la necesidad- de atender a eso que nos llega desde las profundidades del propio ser sin descartarlo a la primera de cambio. Porque algo nos dice que si no permitimos que nos frene esa apariencia de absurdo con la que percibimos unas demandas que se nos presentan como carentes de justificación y fundamento, y nos disponemos a escuchar esa voz interior sólo audible en la medida en que consentimos escucharla deliberadamente con una firme determinación, podemos empezar a descubrirnos como un alguien diferente a ese que vive arrastrado por la prisa y el activismo de la superficie.

El progresivo ensanchamiento de la propia conciencia que procura el ejercicio de la atención es una tarea que abarca toda la vida y que nos permite tomar la distancia saludable de lo que nos envuelve amenazando con engullirnos. Este alejamiento relativo de lo que acontece a nuestro alrededor y de los efectos que produce en nosotros nos regala una percepción nueva de la vida en la que todo se ordena adecuadamente: la distancia nos facilita el discernimiento que nos revela qué es esencial y qué accesorio. Y, sobre todo, nos descubre quiénes somos. Este es el punto de inflexión que nos permite vivir de manera creativa contribuyendo a la realización del propio ser real.

La creatividad de la que estamos hablando se manifiesta en el progresivo descubrimiento de la propia esencia -encuentro con uno mismo- y la realización de elecciones vitales que guarden una coherencia interna con la misma de modo que impulsen y sostengan el despliegue del yo esencial. De ahí que podamos decir que, en alguna medida, el “quién” real que somos es creado a medida que la persona va ejercitándose en el arte de elegir aquello que le permite desarrollar su esencia hasta alcanzar la plenitud que es felicidad.

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El asombro de un encuentro

La fuerza reveladora de la necesidad

on 16 de mayo de 2021

Sumario

  • Estamos llamados a adquirir esa perspectiva saludable que nos permite dejar de identificarnos con lo que no somos y abre la puerta al descubrimiento de la verdadera identidad.

  • Todos anhelamos ser amados ya que el amor es esa fuerza que procura el propio desarrollo.

  • Todo, absolutamente todo, está al servicio del hallazgo de la persona que somos desde siempre y para siempre y que comenzó a existir cuando entramos en la Historia.

  • No hay que hacer nada; hay que guardar silencio y esperar pacientemente a que el tesoro que somos comience a enviar sus destellos desde el fondo de nuestro ser.


Una de las tareas más apasionantes de toda vida humana consiste en hacerse consciente de sí misma. Cada persona, al emplearse en este trabajo, enriquece su propia existencia y la de todo lo que es hasta límites insospechados.

Cuando logramos alcanzar una distancia prudente de lo que acontece a nuestro alrededor y nos pasa, adquirimos esa perspectiva saludable que nos permite dejar de identificarnos con lo que no somos y abre la puerta al descubrimiento de la verdadera identidad.

Este proceso progresivo de no identificación con lo que no somos pasa necesariamente por el reconocimiento de las propias necesidades y el modo en que procuramos su satisfacción.

Acerca de la necesidad de reconocimiento social

Sabemos que una de las necesidades más marcadas de la etapa infantil de todo ser humano es la relativa al reconocimiento social que precisa para crecer y desarrollarse. Puede que hayamos olvidado cómo experimentamos esta necesidad en nuestra niñez. Sin embargo, basta con prestar atención a los niños con los que nos encontramos de un modo u otro en nuestro día a día para recordar cómo vivimos esto en primera persona cuando éramos como ellos.

En efecto, en su total transparencia e ingenuidad, los niños nos recuerdan la necesidad casi compulsiva que teníamos de ser aceptados y confirmados en lo que comenzaban a ser manifestaciones balbucientes de nuestra personalidad. Esa aceptación y confirmación no son sino “formas” del amor. Porque, en definitiva, lo que todos anhelamos es ser amados ya que el amor es esa fuerza que procura el propio desarrollo, el despliegue de todas las capacidades que duermen pacíficamente en nuestro interior más profundo a la espera de ser despertadas por nuestra conciencia cuando esta comienza a hacerse cargo de ellas.

Nada mejor que la atención a lo que el niño nos plantea para hacerle ganar en confianza en sí mismo. Esta actitud de apertura atenta a lo que el niño presenta a nuestra consideración en busca de nuestra aprobación o confirmación está favoreciendo sutil pero eficazmente su desarrollo y, por tanto, su afirmación en ese quién que verdaderamente es. Al mismo tiempo, dicha actitud nos ayudará a recordar aspectos esenciales de nosotros mismos que, al ser acogidos de manera consciente, se convertirán en importantes guías para avanzar en el camino de la madurez.

Hace unos días escuché este comentario en boca de un niño de cinco años: “¡Qué contento estoy de ser Antonio!”. Me impresionaron la fuerza y la seguridad que tanto su voz como su gesto transmitían al pronunciar estas palabras y no pude dejar de sonreír al comprobar que ese niño estaba creciendo muy bien, de manera saludable, sin duda gracias a un entorno favorable a dicho crecimiento. Pero no siempre ni en todas circunstancias el viento sopla a nuestro favor…

El papel de las dificultades en el propio desarrollo

Si bien es cierto que la incomprensión del entorno puede presentar una dificultad considerable al desarrollo de la propia personalidad, también puede suceder que el sentirnos incomprendidos nos lleve a la afirmación de quien verdaderamente somos. Y es que, cuando ya quedaron atrás los primeros compases de nuestra vida, la falta de aceptación o confirmación por parte de quienes nos rodean, la resistencia a lo que emerge como un reflejo del propio ser, puede erigirse en la mejor ayuda para confirmarnos en ese quién que somos en realidad.

Hagamos un poco de memoria… Si echamos la mirada atrás, podemos descubrir el peso abrumador que esa falta de comprensión por parte de quienes acompañaron nuestros primeros años quizá nos llevará a optar por caminos que nos alejaron de esa persona que verdaderamente somos y que trataba de abrirse camino para desplegar todo su potencial.

¿Dónde situar entonces el beneficio que atribuyo a la falta de apoyo por parte de aquellos de quienes esperábamos el apoyo incondicional para el propio crecimiento? Algo en mi interior me hace intuir como verdad que la desaprobación o la incomprensión por parte de los otros que nos llevaron por derroteros alejados de nuestro ser real nos puede resultar hoy de gran ayuda para retomar el camino que nos aproxima y adentra en el quién esencial que somos.

La vida como aprendizaje

El descubrimiento de aquella persona que soy también se opera por vía negativa. Es decir, voy aproximándome a mi verdadera identidad en la medida en que permanezco en actitud receptiva a lo que la vida me va mostrando de mí mismo y me revela, sin ahorrarme el dolor de estos descubrimientos, toda una serie de “cosas” que no van conmigo. Esto sería algo así como ir descubriendo mi propia identidad por descarte. Considero que para regresar hay que alejarse. Y este camino de ida -alejamiento del propio ser- contiene las claves que nos permitirán regresar a nosotros mismos enriquecidos con el importante bagaje del que habremos hecho acopio mientras transcurría el viaje por el sendero en el cual nos pusieron las elecciones aparentemente desacertadas que hicimos.

Ningún peregrinaje es tiempo perdido; ninguna opción, por desacertada que nos parezca en un primer momento, nos llevó tan lejos de nosotros mismos como quizá pensamos. Todo el recorrido transitado, cada palmo de camino, guardaba una enseñanza vital en orden al desvelamiento del ser esencial que somos. Todo, absolutamente todo, está al servicio del hallazgo de la persona que somos desde siempre y para siempre y que comenzó a existir cuando entramos en la Historia.

Las elecciones realizadas nos sirvieron para encontrarnos donde hoy nos encontramos: no podríamos estar aquí sin ese recorrido previo. Y el hecho de estar aquí, de tomar conciencia de nuestro presente, implica la actualización de todo lo que aprendimos hasta llegar al punto en el que ahora nos hallamos.

Descubriendo el tesoro que somos

Los parajes que hemos transitado; los encuentros y desencuentros que hemos vivido, han dejado su huella en nosotros convirtiéndose en una suerte de recuerdos que hemos ido guardando en nuestra maleta a medida que avanzaba el viaje. Pero esos recuerdos esperan pacientemente a ser descubiertos y desempolvados para hablarnos de nosotros mismos.

Si nos atrevemos a hacer un alto en el camino; si elegimos libremente quedarnos a solas con nosotros mismos y adentrarnos en el territorio virgen del silencio, todo eso que la vida nos ha dejado a su paso nos irá descubriendo quiénes somos en realidad. Porque todo lo que portamos en nuestra maleta está deseando enseñarnos algo de nosotros mismos. Para que empiece a cumplir su misión basta con el empeño decidido y valiente de tomar conciencia de ello.

Llegados a este punto parece inevitable formularnos la pregunta: ¿cómo hacer esto? La respuesta a esta cuestión es tan sencilla como desconcertante: no hay que hacer nada; hay que guardar silencio y esperar pacientemente a que el tesoro que somos comience a enviar sus destellos desde el fondo de nuestro ser. Él guarda todas las preguntas y todas las respuestas. Aunque puede suceder que cuando comencemos a intuirlo esas preguntas y esas respuestas pierdan todo su interés para nosotros. Porque, ¿quién sabe? Quizá los destellos del tesoro que somos nos descubran que para saber todo es suficiente con aprender a estar atenta y amorosamente presentes para intuir la inmensa riqueza que vive en nuestro interior más profundo.

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La fuerza reveladora de la necesidad